
Me desperté una mañana sintiendo cada borde de los ojos como cien fuegos inmiscuyendose y desconocidos e impertinentes hacían acto de presencia. Pienso en el control al individuo, en la hipnosis a larga distancia, en mis siempre latentes (y justificadamente paranoides) teorías de conspiración. ¿Le habrán echado algo al agua potable? Qué producto tóxico y bajo la manga nos faltará probar. De manera desesperada busco ese algo que me convierta en victima. Debe absolverme de permanecer hasta la hora más oscura de la madrugada, las tres, en un enlace que solo yo puedo sentir con esa caja tonta que me vió la cara. Sumergida en ese sofá burdeo sumergido a su vez en el ocio, la perdida de la noción del tiempo, socorro de invierno, fin de la tanda del día, de la jornada (me apesta esta palabra; me siento como un minero con las orejas pesadas llenas de plomo y carbón).
Los animales del fondo marino me llenan de intriga. Me encantan. Me llevan. Esclavizan mi mano derecha con sentido del humor hace un año. Sus maneras me hacen sentir tan seca y pegada al piso. Es gracioso este hechizo que nos tiene pegados al asfalto. Al pasto. ¿Su prisión es más grande que la nuestra?
Mejor pienso en como me maravilla el efecto del color celeste que todo lo impregna y como la consistencia enrededor afecta al individuo, provocándole delirios de grandeza. Creo que "pulpo" es un nombre indigno. Me molesta y me da vergüenza ajena. ¿Acaso quien se lo puso vivía en una despensa?
Un pulpo gigante en un laboratorio es llevado a resolver problemas absurdos que no le llevan ni dos minutos. No importa que tan complejo sea el laberinto para el humano, para el pulpo de la televisión es solo un trámite que ridiculiza al realizador de la prueba. Y mientras los investigadores se vanaglorian de haber descubierto que los pulpos cuentan con cerebro inteligente, que distingue figuras y toma desiciones, el pulpo debe estar pensando "¿Y qué?"...
Me avergüenzo de mi especie y de mi misma y me voy a acostar.
